En un contexto global atravesado por la incertidumbre, el 27 de marzo se consolida como una fecha que invita a detenernos y reflexionar sobre un gesto que conmovió al mundo.
La Statio Orbis de 2020, en medio del silencio y la fragilidad compartida, nos recordó que la humanidad está profundamente unida por su vulnerabilidad, pero también por su capacidad de sostener la esperanza.
A partir de ese hito, el Día Internacional de la Esperanza comienza a tomar forma como un proceso colectivo. No se trata de una efeméride aislada, sino de un camino en construcción que busca hacer visible la esperanza como una experiencia compartida, capaz de conectar personas, territorios y realidades diversas.
Desde el Instituto para el Diálogo Global y la Cultura del Encuentro (IDGCE), este proceso se entiende como una oportunidad para fortalecer el diálogo en un mundo marcado por la fragmentación social, ambiental, cultural y política.
La esperanza, en este marco, no es solo una dimensión simbólica. Es una práctica activa que impulsa el encuentro, habilita nuevas formas de cooperación y contribuye a la construcción de un futuro común más justo e inclusivo.
El recorrido iniciado en 2020 continúa proyectándose en el tiempo. El año 2026 representa una instancia de consolidación de este proceso, en articulación con redes e instituciones de América Latina y el mundo, de cara al 27 de marzo de 2027.
Sostener la esperanza hoy implica generar espacios de diálogo, promover la participación y construir puentes entre actores diversos.
Ese es el desafío y, al mismo tiempo, la invitación.
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